Todos tenemos esa playlist para cuando el corazón está sensible. Canciones que no animan, pero que abrazan. Que no arreglan nada, pero hacen que duela un poquito menos.
Aunque suene contradictorio, muchas veces buscamos música triste justo cuando estamos tristes. No para hundirnos más, sino para sentirnos comprendidos.
Las canciones tristes funcionan como un espejo emocional. Escuchar a alguien poner en palabras lo que sentimos nos hace sentir menos solos y más validados. Es como si alguien más dijera: “sí, eso también me pasó”.
También nos ayudan a procesar emociones. Llorar con una canción, recordar, suspirar o simplemente quedarte en silencio escuchando puede ser una forma muy real de liberar lo que traes guardado.
Además, hay algo hermoso en la nostalgia. Las canciones tristes no solo hablan de dolor, también hablan de amor, de recuerdos y de etapas que nos formaron, aunque hayan terminado.
Por eso no las dejamos ir. Porque no solo duelen: acompañan, sostienen y, a veces, sanan más de lo que creemos.
Amar las canciones tristes no significa quedarte en el dolor, significa darte permiso de sentir. Y sentir también es una forma de cuidarte.
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