Durante mucho tiempo nos enseñaron que ser buenas personas es estar siempre disponibles, decir que sí y no incomodar a nadie. Pero con el tiempo, eso suele traducirse en cansancio emocional, frustración y relaciones desequilibradas.
Poner límites no es levantar muros, es marcar espacios seguros. Es aprender a decir hasta dónde sí y hasta dónde no, sin culpa y con respeto hacia ti y hacia los demás.
Los límites son necesarios porque protegen tu paz. Cuando no los pones, terminas cargando con problemas que no son tuyos, aceptando planes que no quieres o quedándote en situaciones que te hacen sentir mal solo por no decepcionar a otros.
También ayudan a construir relaciones más sanas. Cuando comunicas lo que necesitas, lo que te duele y lo que no estás dispuesta a aceptar, le das al otro la oportunidad de conocerte mejor y respetarte de verdad.
Poner límites no siempre es fácil. A veces da miedo perder personas o quedar como “la mala”. Pero la realidad es que quien se queda solo cuando no puede cruzar tus límites, probablemente estaba aprovechándose de que no los tenías.
Aprender a decir “no”, a pedir espacio, a expresar incomodidad o a elegirte no te vuelve fría ni egoísta. Te vuelve consciente, madura y más conectada contigo misma.
Cuidarte también es una forma de amor. Y poner límites es una de las maneras más claras de decirte: “mi bienestar importa”.
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